La psicología del amor romántico

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El héroe epónimo (o antihéroe) de Don Quijote de Miguel de Cervantes (1547-1616) idealiza a su "princesa" hasta tal punto que se vuelve cómica. Para emular a los caballeros andantes de antaño que lucharon batallas para ganarse el afecto de su verdadero amor, Don Quijote identifica a una simple campesina llamada Aldonza Lorenzo, cambia su nombre a la mucho más romántica y aristocrática 'Dulcinea del Toboso', y pinta ella en los términos más halagadores posibles, aunque solo la haya visto fugazmente y nunca haya hablado con ella. Dulcinea apenas existe fuera de su imaginación, pero la idea de ella, sin embargo, mantiene a Don Quijote vivo en su búsqueda:

… su nombre es Dulcinea, su país El Toboso, un pueblo de La Mancha, su rango debe ser al menos el de una princesa, ya que ella es mi reina y dama, y ​​su belleza sobrehumana, ya que todos los atributos imposibles y fantasiosos de la belleza que los poetas aplican a sus damas se verifican en ella; porque sus cabellos son de oro, sus campos elíseos de frente, arco iris de cejas, soles de ojos, rosas de sus mejillas, sus labios de coral, sus dientes perlados, su cuello de alabastro, su mármol de pecho, sus manos marfil, su nieve de justicia, y qué modestia oculta de la vista tal, pienso e imagino, como la reflexión racional solo puede exaltar, no comparar.

La defensa del ego de la idealización implica sobreestimar los atributos positivos de una persona, objeto o idea, mientras que subestima o pasa por alto los negativos: pero más fundamentalmente, implica la proyección de nuestras necesidades y deseos sobre esa persona, objeto o idea. El ejemplo clásico de idealización es el de enamorarse, cuando el amor se confunde con la necesidad de amar, y los atributos negativos de la persona idealizada no solo se minimizan sino que se convierten en atributos positivos y se los considera cariñosos. Aunque esto puede generar un rudo despertar, existen pocas formas mejores de aliviar nuestra ansiedad existencial que la fabricación de algo que es "perfecto" para nosotros, ya sea un equipo, un lugar, un país, una persona o un dios.

Pero incluso un dios no es suficiente. Según San Agustín, el hombre es propenso a una curiosa sensación de insatisfacción acompañada de una sutil sensación de anhelo de algo indefinido. Este estado de inquietud surge de su condición caída: aunque tiene un potencial innato para relacionarse con Dios o el absoluto, este potencial nunca se puede realizar plenamente, y entonces anhela que otras cosas ocupen su lugar. Sin embargo, estas otras cosas no satisfacen, y él se queda con un sentimiento insaciable de anhelo de algo que no se puede definir.

En Surprised by Joy (1955), el escritor CS Lewis llama a este sentimiento de anhelo "alegría", que describe como "un deseo insatisfecho que es en sí mismo más deseable que cualquier otra satisfacción", y que a veces pienso -en la más amplia sentido, como una especie de depósito estético y creativo. La paradoja de la "alegría" surge de la naturaleza autodestructiva del deseo humano, que podría considerarse como nada más que un deseo de deseo, un anhelo de anhelo.

En The Weight of Glory , Lewis ilustra esto desde la antigua búsqueda de la belleza:

Los libros o la música en la que pensamos que se encontraba la belleza nos traicionarán si confiamos en ellos; no estaba en ellos, solo venía a través de ellos, y lo que los atravesaba era añoranza. Estas cosas, la belleza, el recuerdo de nuestro propio pasado, son buenas imágenes de lo que realmente deseamos; pero si se los confunde con la cosa misma, se convierten en ídolos mudos, rompiendo los corazones de sus adoradores. Porque ellos no son la cosa en sí misma; son solo el aroma de una flor que no hemos encontrado, el eco de una canción que no hemos escuchado, noticias de un país que no hemos visitado.

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