¿Por qué culpamos a las víctimas?

En octubre, Jonathan Martin, un jugador de fútbol de los Miami Dolphins, abandonó el equipo debido a malos tratos por parte de sus compañeros de equipo, que incluyeron recibir mensajes telefónicos amenazantes de otro jugador. El incidente ha despertado inquietudes sobre las novatadas dentro de la NFL, pero también ha llevado a algunos a sugerir que el propio Martin tiene al menos una responsabilidad parcial por su destino. Por ejemplo, otro jugador de la NFL declaró en una entrevista que Martin tiene "la misma culpa porque permitió que sucediera" y debería haberse comportado como un hombre. Otros han argumentado que Martin era demasiado sensible y se convirtió en un blanco fácil.

Este tipo de culpa de la víctima no es exclusivo de los casos de intimidación. Se puede ver cuando se analizan las historias sexuales de las víctimas de violación, cuando las personas que viven en la pobreza son consideradas vagos y desmotivados, cuando se presume que aquellos que padecen enfermedades mentales o físicas han invitado a la enfermedad a través de malas elecciones de estilo de vida. Hay casos en los que las víctimas pueden tener cierta responsabilidad por su desafortunado, pero con demasiada frecuencia esta responsabilidad es exagerada y se descuentan otros factores. ¿Por qué estamos tan ansiosos por culpar a las víctimas, incluso cuando aparentemente no tenemos nada que ganar?

Culpar a la víctima no es solo evitar la culpabilidad, sino también evitar la vulnerabilidad. Mientras más inocente sea una víctima, más amenazantes son. Las víctimas amenazan nuestra sensación de que el mundo es un lugar seguro y moral, donde las buenas personas suceden cosas buenas y las personas malas suceden cosas malas. Cuando a la gente buena le pasan cosas malas, implica que nadie está a salvo, que no importa cuán buenos seamos, nosotros también podríamos ser vulnerables. La idea de que la desgracia puede ser aleatoria, golpear a cualquiera en cualquier momento, es un pensamiento aterrador, y sin embargo, nos enfrentamos cada día con evidencia de que puede ser cierto.

En la década de 1960, el psicólogo social Dr. Melvin Lerner llevó a cabo una serie de estudios famosos en los que descubrió que cuando los participantes observaban que otra persona recibía descargas eléctricas y no podían intervenir, comenzaron a derogar a las víctimas. Cuanto más injusto y grave era el sufrimiento, mayor era la derogación. Los estudios de seguimiento encontraron que un fenómeno similar ocurre cuando las personas evalúan a las víctimas de accidentes automovilísticos, violación, violencia doméstica, enfermedad y pobreza. La investigación realizada por el Dr. Ronnie Janoff-Bulman sugiere que las víctimas a veces incluso se derogan a sí mismas, ubicando la causa de su sufrimiento en su propio comportamiento, pero no en sus características perdurables, en un esfuerzo por hacer que los eventos negativos parezcan más controlables y por lo tanto más evitables. el futuro.

Lerner teorizó que estas tendencias culpables de las víctimas están arraigadas en la creencia en un mundo justo, un mundo donde las acciones tienen consecuencias predecibles y las personas pueden controlar lo que les sucede. Se captura en frases comunes como "lo que da la vuelta viene" y "cosechas lo que siembras". Queremos creer que la justicia llegará a los malhechores, mientras que las personas buenas y honestas que sigan las reglas serán recompensadas. La investigación ha encontrado, como es lógico, que las personas que creen que el mundo es un lugar justo son más felices y están menos deprimidas. Pero esta felicidad puede tener un costo: puede reducir nuestra empatía por los que sufren, e incluso podemos contribuir a su sufrimiento aumentando la estigmatización.

Entonces, ¿la única alternativa para creer en un mundo justo es una sensación de impotencia y depresión? De ningún modo. Las personas pueden creer que el mundo está lleno de injusticias, pero también creen que son capaces de hacer del mundo un lugar más justo a través de sus propias acciones. Una forma de ayudar a hacer del mundo un lugar mejor para luchar contra el impulso de racionalizar el sufrimiento de los demás, y reconocer que podría habernos puesto en su lugar tan pronto como nosotros. Este reconocimiento puede ser inquietante, pero también puede ser la única forma en que podamos abrir nuestros corazones al sufrimiento de los demás y ayudarlos a sentirse respaldados y menos solos. Lo que el mundo puede carecer de justicia, al menos, podemos tratar de compensarlo con compasión.

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